Paranoia: Los 30 segundos más largos en un ascensor

Ascensor

Los perros tienen, a veces, esa mala ocurrencia de cagar en los peores momentos. Este día es uno de ellos.

Paranoia, una serie de micro cuentos bien marihuanos y cabrones. Historias en primera persona, que no son -necesariamente- protagonizadas por el autor, pero todas reales, aunque algunos detalles fueron cambiados para salvaguardar la fuente.

Entre 6 y 8 mi perro me iba a buscar donde estaba para su paseo. Era buen horario para mí, porque es una hora bien buena para armar bajón de tecito y pan con mantequilla. A él también le caían sus pedacitos. Una especie de acuerdo tácito entre ambos.

Volviendo a la casa, cuando todos habíamos hecho nuestro negocio, había un punto de no retorno. El último basurero para botar la basura del perro, justo en una plaza de José Domingo Cañas. Ese día, mi perro rompió ese código cuando sorprendió a mi y a mi vecino en la puerta del edificio.

“Ay no! Justo en las flores”, escucho decir a un tipo mientras intentaba limpiar la gracia con una bolsa. Río nomás, porque para qué tanto color. Igual se quedó hasta que dejé todo dentro y entré al edificio. Mientras cerraba la bolsa y el perro me miraba con cara de arrepentido, el tipo me dice “que lastima que aquí no tengamos basurero”.

Lo miro con detención por primera vez. En su mano tenía una chaqueta algo sport para su pantalón y camisa formal. En su bolsillo de la camisa veo algo muy distintivo. Una placa policial, clásica de la PDI.

Me cagué.

“Lo voy a botar en mi casa, tranqui”, le respondí mientras intentaba caminar más rápido. En la entrada del edificio veo el reflejo de mi cara y mis ojos no ocultan nada. Pensé en ese viaje dentro de ese réctángulo de varias toneladas, con vidrios en tres de sus lados. Saludo a los conserjes y pienso si debería subir por las escaleras. Trece pisos.

No había ningún ascensor en el primer. Apreto el botón, y lo miro mientras me apoyaba en la pared.

Me estaba mirando fijo y me dice: “qué raza es el perro”.

“No tengo idea, es de mi vieja. Se llama Toretto. Rápido y furioso (es un perro chico)”, le respondí.

Llega un ascensor lleno de gente. Va al subterráneo.

“Yo te he visto antes. Eres el vecino del <número de departamento>”, me dice seguro. Y sí, era mi casa.

Odio ese silencio incómodo que se genera cuando una persona que no conoces te habló y te queda mirando después de terminar el intercambio. Pero esto tenía un ingrediente distinto. Esa placa que me hizo pensar lo peor.

Me subí mirando abajo y marqué mi número. Él no marcó nada.

Le pregunté: “¿Qué piso?” y me respondió riendo: “haha buena talla”. En realidad no era talla, se me había olvidado lo que me dijo hace minutos.

En el ascensor venía una señora y un coche. Mi perro, que no andaba con ganas de ayudar, empezó a pedir cariño a todos. Su cara tierna, obvio que todos le hicieron cariño. Y mientras me deshacía en disculpas, la señora se bajó. Seguíamos los dos.

Para mí habían pasado 10 minutos, pero no había pasado un minuto cuando el ascensor llegó al piso. Salimos y él se fue al lado contrario, sin antes decirme, “no vayas a tirar la bolsa por ahí”. Risa incómoda.

Al abrir la puerta, respiro un poco. Me cambié unos meses después.

Mi vecino era el Jefe de Narcóticos de la región. Hoy lo pueden ver cerca de las pautas de Interior e Intendencia; en su nuevo puesto, como el big boss de la RM.

Gran paranoia.