Combatiendo el statu quo

Cuando Diego Sáez, reportero de Radio ADN, entregó la noticia todos los medios quedaron en shock. Claudio Bravo había dejado el claustro de la Roja en Cluj y se encaminaba a Barcelona para resolver un caso judicial contra la Real Sociedad. Unos minutos antes, Juan Antonio Pizzi y Fernando Yáñez habían hablado del estado físico del arquero y lo descartaban del partido frente a Rumania. Ninguno de los dos mencionó que el jugador ya no se encontraba en la concentración. Tampoco tenían que hacerlo y, como lo explicó Pizzi después, tampoco nadie se lo preguntó.

El golpe pegó fuerte al periodismo deportivo, quienes casi en términos gremiales salieron a atacar el manejo de la situación por la ANFP. Muchos de ellos con teorías conspirativas sobre sus hombros, arguyendo que la conferencia del estratega y médico de la Selección Chilena fue un acto distractor para la prensa.

“Este error comunicacional te hace dudar de todo lo que se diga de aquí en más”, se decía desde Rusia. Y claro que hay que dudar de todo. Como había que dudar durante la era de Sergio Jadue, pero el periodismo prefirió mirar hacia un lado y entregarle el premio a mejor dirigente.

Esta postura acomodada y confortable, algo que el periodismo deportivo nos tiene acostumbrados hace años, tiene un error en su génesis en lo que refiere al rol de la Corporación o cualquier otra fuente oficial con la que el periodismo se enfrenta cada día. No es labor de la institución informar todo lo que pase internamente. Sería lo ideal, pero no es así. Menos si se trata de un hecho personal que involucra a un tercero. De hecho, la actividad periodística llama a no quedarse sólo con la versión oficial. Esa es la riqueza que entrega el reporteo, algo que no todos están realizando –en este caso– en Rusia.

Más allá del manejo que tuvo la ANFP, que podría haberse evitado esta polémica barata, esta situación deja en claro que son pocos los periodistas de terreno en el mundo del deporte. Andrew Jennings reporteó durante años las relaciones políticas y comerciales de la FIFA. Nunca tuvo la ayuda oficial de la institución, pero su reporteo le permitió abrirse puertas dentro de esta. Su investigación, que fue publicada en 2006, estalló el escándalo conocido como le #FIFAGate y, con el correr de los años, dejó a decenas de dirigentes del fútbol detrás las barras.

Si Jennings se hubiese quedado con la información oficial, no existiría investigación ni menos se hubiese dado a conocer la red de corrupción que infectaba al fútbol. Guardando las proporciones, si Diego Sáez se hubiese quedado con la información oficial –como el resto de los colegas– lo de Claudio Bravo se hubiese sabido recién en su llegada a los tribunales de Barcelona. Pero ambos reportearon.

Uno podría creer que el periodismo deportivo había aprendido con Jadue. Pero a casi dos años de su disposición como soplón del FBI, aparentemente, todo sigue igual.