Cuando el humor robó mi opinión

El domingo por la mañana estaba terminando de leer las noticias cuando me desayuné con un golpe. Sí, de esos que los periodistas siempre vivimos y nos atormentan. Sin embargo, esta vez no me golpeó la prensa amiga, sino que un programa de humor. Así es, Saturday Night Live me golpeó en la cara, adelantándose con la idea de hablar sobre Beyoncé, su nueva canción y el shock de la gente blanca al escucharla. Pero ahí nació otra idea, más interesante aún: cómo el humor se ha transformado en un lugar de crítica social y de información. En parte es nuestra culpa –periodistas– que no nos hemos adaptado a esta era y seguimos complicando las cosas, en vez de simplificarlas al ciudadano común.

En Estados Unidos (EEUU), el humor se ha transformado en la gran herramienta para informar a las personas. Los casos más claros son el Daily Show o el extinto Colbert Report. Ambos de Comedy Central. Casos fenomenales se pueden ver con John Oliver en HBO y uno que otro episodio del ex-SNL, Seth Mayers.

Al parecer los estadounidenses encontraron una forma de hacer crítica dura de una manera light y salirse con la suya. Así han sido creados cientos de guiones de comedia alrededor de sus cadenas de televisión e internet, pero en el país anglosajón surgió algo adicional: este tipo de programas se convirtieron en las maneras más populares para informarse. Algo que puede ser muy bueno o muy malo.

La idea que un humorista sea tu primera fuente de información es aterrador, no obstante, ha ayudado a simplificar temas que –a veces– suelen parecer muy lejanos a la población pero que su repercusión puede perjudicarlo de manera directa. Tópicos tan técnicos o complicados como el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés) o casos de corrupción política, son explicados por estos verdaderos informativos de tal manera que la gente comprende, se enfurece y reacciona.

Oliver, quien nació detrás de John Stewart en el Daily Show, ha dejado claro más de alguna vez que su trabajo es humorístico, que no debería tomarse en serio y que para eso están los periodistas. Pero está claro que su éxito, a parte de tener razones propias de su labor satírica, se debe a un vacío informativo existente en la población y que el periodismo no ha sido capaz de afrontar. En concreto, me refiero a explicar los sucesos de una manera simple y entendible para sus lectores.

La última canción de Beyoncé (Formation) creó caos en internet y justo un día antes del evento deportivo más grande gringo: el Super Bowl. Independiente del significado que le puedas dar a la canción (sí, da interpretaciones desde la ropa utilizada hasta sus letras), la gente se sorprendió que una artista de pop entrara de lleno contra el racismo y la fuerza –política y policial– que no están velando por los derechos de sus ciudadanos. Sobre todo el derecho de ciudadanos estadounidenses pertenecientes a las minorías. El tema no es menor en ese país. Desde los temas más cotidianos y superficiales, como puede ser la nula elección de gente de color en sus premios de películas –Oscars– o la brutalidad policial que se vive cada día.

En Chile ya existen exponentes del humor que han empezado –tímidamente– a utilizar este tipo de bromas. Edo Caroe y su humor negro o el mismo Jorge Alís. Palta Melendez algo más liviando.

¿El periodismo se está quedando sin garras? No lo creo. El periodismo está bien enfocado, en general, con grandes bastiones en cada nación que están haciendo su pega. Pero está fallando en llegar a la gente: en su lenguaje y forma. Estos shows de humor tomaron el testimonio que el periodismo dejó tirado en el piso para ahondar en temas tediosos y lejanos, acercándolos con peras y manzanas. El periodismo tiene un rol gravitante en la sociedad. Una responsabilidad de rigurosidad y tino en los temas, pero falta mejorar la forma para que la población entienda el problema. Lo que sí está claro es que algo tiene que cambiar, sino los humoristas tendrán más que decir a la sociedad que nosotros, los periodistas.