Los robots vienen por nosotros

O al menos, por nuestros trabajos. Aunque ése es un temor con el que los humanos conviven hace décadas, esta vez sí que parece que es real: las máquinas están expandiendo su potencial en áreas como la medicina, el hogar y el sector militar, y las grandes empresas de tecnología están aprovechando la robótica para ampliar sus horizontes.

En enero el general Robert Cone, jefe del Mando de Adiestramiento del Ejército de Estados Unidos, dejó impresionada a su audiencia en el Simposio de Aviación: dijo que a corto plazo las tropas serán reemplazadas en el campo de batalla por robots. Esta imagen viene a confirmar el salto que está dando la robótica actualmente.

Sólo basta ver dónde se han concentrado las recientes inversiones de los gigantes tecnológicos, que en el último tiempo han comprado compañías dedicadas a la automatización. Un ejemplo es Google, que a fines de 2013 adquirió Boston Dynamics, empresa dedicada a la construcción integral de robots de combate con inteligencia artificial. Luego, hizo lo mismo con Nest, una compañía que busca automatizar los procesos de la casa y que cuenta con aparatos como un termostato inteligente. Amazon se lanzó a este mercado y se hizo de Kiva Systems, una fábrica de robots que ahora se encarga de la automatización de la cadena industrial de la tienda en línea, acelerando procesos como los despachos. La empresa tiene además un proyecto para utilizar drones (robots aéreos) en la distribución de sus productos en Estados Unidos.

A fines de mayo, el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) reunió a un destacado grupo de pioneros en el tema para hablar sobre esta ciencia y los avances surgidos desde que se creó el primer robot comercial en 1956. Entre ellos estaba Rodney Brooks, una de las mentes más brillantes en el estudio de la robótica, término que acuñó en 1941 el escritor de ciencia ficción Isaac Asimov. En la charla, Brooks comenzó haciendo una pregunta clave: “¿Por qué la robótica no ha cambiado el mundo? Llevamos 50 años de investigación y nada. ¿Por qué no?”, planteó. Impactados, los asistentes esperaron la respuesta: “Simplemente, porque es muy, muy difícil”, afirmó el profesor del MIT, que además fundó iRobot, una de las primeras empresas dedicadas a crear este tipo de máquinas para el uso doméstico.

Ese ha sido el gran problema. Pese a que desde hace décadas hay expectativas en este tema, las innovaciones se han tardado más de lo esperado. Ha habido avances, como Kirobo, el primer robot astronauta que habla, y exoesqueletos mecanizados que ayudan a los parapléjicos a dejar la silla de rueda, como se presentó en la inauguración del Mundial de Brasil 2014, pero el uso masivo de esta tecnología ha costado. El interés actual de Google o de los militares demuestra que ahora sí tienen un futuro más concreto.

Hoy los robots ya están realizando tareas de limpieza en las casas, y Roomba, una aspiradora robotizada, ha vendido más de 10 millones de unidades. También asisten a personas enfermas o con movilidad reducida a través, por ejemplo, de FRIEND, una silla semiautónoma creada por la Universidad de Bremen (Alemania) y que incluye un brazo y diversos sensores y cámaras. En el caso de enseñanza de niños esta ciencia también tiene un campo interesante y los kits Mindstorms de LEGO no sólo permiten construir máquinas sino que ayudan a aprender sobre física y matemática. Hay más áreas y según un estudio de la consultora MarketsandMarkets, el mercado de la robótica alcanzará los US$ 46 mil millones en 2017.

En 1956, cuando se patentó el primer robot comercial de nombre Unimate, cuyo trabajo consistía en ensamblar automóviles, se creía que sería el fin del trabajo para los humanos. El modelo se transformó en una celebridad y hasta fue invitado al programa televisivo de Johnny Carson, donde jugó golf y sirvió cerveza en el set. El mismo Carson dijo en esa ocasión que estos aparatos “podrían reemplazar trabajos de personas”. Un miedo latente hasta hoy.

Los robots prometen más eficiencia, precisión y, a largo plazo, pueden ser más económicos. Por eso, en los 60, todas las predicciones decían que iban a reemplazar a los trabajadores de la industria automotriz y que eso iba a causar un fuerte aumento en el desempleo. Algo que, al menos estadísticamente, no sucedió, porque los desplazados por las máquinas encontraron un nuevo empleo en otros rubros o comenzaron a realizar otras labores en las mismas fábricas.

El problema radica en que, en esa época, el sector de la economía que era abarcado por la robótica era uno solo. Hoy, en cambio, tienen perspectivas en muchas áreas y por eso hay quienes creen que pueden ser una amenaza real para los empleados. Así lo creen Erik Brynjolfsson, director de negocios digitales del MIT, y Andrew McAfee, director asociado de la misma facultad, autores del libro Carrera contra las máquinas. En la obra, los investigadores explican que los aparatos con inteligencia artificial son, en parte, responsables de las pérdidas masivas de puestos de trabajo y de los bajos salarios en algunos sectores del mercado, debido al bajo costo que estos requieren para funcionar y hacer el mismo trabajo que un humano. Además, aunque el costo inicial sigue siendo alto, ha disminuido fuertemente en los últimos 10 años. “Estas tecnologías avanzan rápidamente, usurpando habilidades que solían ser únicas del humano. Este fenómeno es muy amplio y profundo y está teniendo severas implicancias económicas”, dicen los autores. Y si en un principio el objetivo era entregar mayores capacidades a estas entidades, ahora buscan disminuir costos.

Un ejemplo del potencial impacto laboral que estos autores mencionan es el automóvil sin conductor que Google empezó a probar hace un par de semanas. Estos coches automatizados, que prometen ser más seguros y cómodos, podrían reemplazar a los choferes de buses y taxis. Para navegar, los autos incorporan varios sensores, cámaras y sistemas de posicionamiento global (GPS): en 2015 podría haber 100 de ellos recorriendo las calles de Estados Unidos, y podrían desplazar a una parte significativa de los 650.000 conductores de buses y 240.000 taxistas de ese país.

El panorama chileno no está ajeno a esta explosión mundial. Las carreras de automatización y robótica ganan popularidad en los institutos profesionales, centros de formación técnica y universidades. Esto, gracias a la gran empleabilidad -sobre 90%- y el sueldo que obtienen los profesionales al ejercer sus carreras. Según las cifras del portal de gobierno Mi Futuro del año 2013, los sueldos de estas carreras superan el millón y medio de pesos a los dos años de egreso.

Esto se debe a la gran demanda que existe por estos profesionales, sobre todo en empresas que buscan automatizar sus procesos y aumentar su productividad. Por ejemplo, desde el año pasado Codelco usa un robot equipado con tres ruedas y escobillas y que se encarga de limpiar las barras de conducción en las que se realiza la refinación del cobre de la mina de Chuquicamata. El robot prácticamente no descansa y opera en turnos de 16 horas continuas.

Pero la minería no es el único campo que se beneficia de estos avances. Desde 2009, varias clínicas de salud también empezaron a apostar por la robótica. Específicamente, su atención se fijó en el robot Da Vinci, el cual puede llegar a lugares inalcanzables del organismo con mayor precisión y, además, minimiza los daños colaterales. Este equipo sirve como una extensión de los brazos del cirujano, permitiendo operar con mayor comodidad. Incluso, en un área como la agricultura ya se empieza a notar la presencia de la robótica. Un ejemplo es el dispositivo creado por Alex Cisternas, fundador de Biomacc, y que recolecta berries con la misma delicadeza que despliega una mano humana.

Todos estos casos explican por qué existe un consenso sobre la jerarquía que tiene Chile en la robótica a nivel regional, aunque también está claro que falta una masificación desde edades tempranas. Para José Miguel Yáñez, ingeniero biomédico que realiza un doctorado en la Universidad de Chile y capitán del Equipo de Fútbol Robótico de esa casa de estudios, es urgente la implementación de esta disciplina en los programas educacionales a través de “ramos obligatorios o talleres electivos, junto a un mayor aporte del gobierno, para impulsar a Chile hacia el futuro”.

Precisamente, incentivar el interés de los más jóvenes es el propósito de iniciativas como las de la Fundación Mustakis, que imparte conocimientos de la robótica en colegios como el Luis Campino. Allí funciona un grupo de alumnos que disputarán la RoboCup Junior, una competencia para niños que se realiza desde 2000 y que se hará en julio en Brasil. Son los primeros chilenos que clasifican para ese torneo.

Los estudiantes partieron en octavo básico con un programa impartido por la Fundación Mustakis, en conjunto con las universidades de Chile y Federico Santa María, donde se les entregaron las herramientas básicas para comenzar en este campo. Aprendieron a programar y a construir robots usando piezas de LEGO. El primer paso consistió en que su aparato reconociera un camino y obstáculos y hoy compite en la categoría de rescate, donde el robot tiene que seguir una pista y recuperar un objeto.

Patricio Kim, profesor guía de los alumnos, reconoce que fue aprendiendo con sus alumnos y no oculta el orgullo que siente por sus avances: “Esto partió como una actividad más que uno intenta con los estudiantes, pero resultó ser más que eso. Uno está para entregar herramientas y ellos han sabido utilizarlas de excelente manera”. El esfuerzo ha sido grande, porque además de usar el tiempo de los recreos, se juntan después de clases y los sábados asisten a los cursos de la Universidad de Chile, donde los asesoran para la competencia. “Son unos chicos super-motivados. Tienen una capacidad tremenda. Los cursos de los sábados son hasta la una de la tarde, pero se quedan hasta las dos o más”, cuenta Mauricio Correa, investigador de automatización y robótica de la Universidad de Chile.

Publicado en La Tercera y finalista en el premio Accenture 2014.